Cien años de Kame-Hame-Ha

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Las nubes apenas permitían ver la luna llena sobre la pequeña isla. Los intervalos en la iluminación la dejaban cubierta por la noche y en otros mostraban una pequeña casa en aquel lugar. Se hizo la luz una vez más y descubre la figura de un hombre en la arena. Fue muy poco tiempo, otra gran nube se encarga de devolver todo a las tinieblas. A pesar de la fuerza del satélite, la marea no subía gran cosa, sordos golpes de olas y lentas efervescencias formaban la música de fondo. Esa paz como de abismo fue rota por unos instantes. La isla resplandeció un poco y aquel rumor casi perpetuo del mar fue superado por un grito. El hombre extenuado y cubierto de sudor regresa a la casa.

Se quedó acostado hasta el mediodía, el calor no permitía más. La boca la sentía cubierta por una plasta que no era otra cosa que su pésimo aliento. Tomó un poco de agua con el fin de solventar un poco esa situación. Perezosamente se sentó en la cama y como tantas otras mañanas comenzó el día con su respectiva puñeta. Las revistas del viejo que prácticamente encontraba en cualquier lugar de la casa facilitaban el trabajo. Después se dirigió al lavabo y comenzó a lavarse los dientes. No estaba a gusto hasta acabar con la plasta y sentir fresca la boca. Como su apetito ya no era el mismo, comer recién levantado era imposible. El estomago lo sentía revuelto. Así que se limitó a prepararse un café en lo que le daba hambre. Fue a sentarse a los escalones de la entrada a ver el mar y sonrió lastimeramente al pensar en la noche anterior.

Sabía que su fuerza tampoco era la misma de tiempos pasados, mas no había considerado que el cambio fuera tan drástico. El Kame-Hame-Ha que otrora podía destruir planetas completos, apenas si había abierto un pequeño canal en el agua, ni siquiera dos metros y el mar inmutable, justo como lo veía en ese momento. “Ahora apenas le reventaría una llanta al coche de Bulma”. Hubo otra mueca que quería parecer sonrisa. De cualquier forma ya se había hecho a la idea. Finalmente reflexionar era todo lo que hacía. Desde sus últimas peleas iba sintiendo como las fuerzas se le iban escapando.

Poco antes de morir, el maestro Roshi le dijo que extrañaba los viejos tiempos, que estaba tranquilo y feliz de poder morir. Ese fue un fuerte golpe. Siempre había imaginado al maestro como un ser eterno, inamovible, aunque hacía tantos años que en las batallas era sólo un testigo. No pasaron un par de años y sucedió  la invasión. Un nuevo enemigo, el malvado Puppi- Puppi amenazaba con la conquista de todo el universo. Acabar con él y sus poderosísimas huestes arrojó los siguientes resultados:

1. Su primogenito y su nieta muertos

2. Todos sus amigos muertos (a excepción de Krilin).

3. Una esposa condenada al psiquiátrico.

4. El exterminio de prácticamente el 90% de la población mundial.

5. Un planeta devastado y recursos naturales casi por completo desaparecidos.

Aparentemente no habría problema. Se juntan las esferas. El dragón aparece. Se pide el deseo. Todo a la normalidad.

Buscó a Bulma. Su primera compañera de andanzas había envejecido considerablemente. Al pedirle el radar, ella fue la que lo inicio en las reflexiones. “Lo he estado pensando mucho ¿sabes? Quizá nos equivocamos, quizá debimos de haber dejado las cosas como estaban. Siento que estamos en un círculo vicioso porque no podemos aceptar las cosas como son, literalmente nos la pasamos reviviendo un cadáver cada vez más podrido. Sería mejor dejarlo ir. ¿No estás cansado? Ten el radar. Tú decides”. Bulma murió unos cuantos días después. En el crematorio se dio cuenta de que ella tenía razón y destruyó el invento de su amiga.

Se retiró a Kame-House a ver simplemente pasar los días. La mayoría de los sobrevivientes se marcharon a otros planetas. Algunos, como él se quedarían a morir con la Tierra. Goten y Krilin se encargaron de Milk. También es cierto que trataron de convencerlo para que se fuera con ellos. Abrazó a su hijo, estrechó la mano de su amigo y le dijo “Extraño los viejos tiempos”.

Entre sus constantes devaneos, casi su único método de pasar el tiempo, se dio cuenta de que con la partida de Krilin se iba el hombre más fuerte del mundo. Notó que admiraba mucho a los humanos y pensó que “los viejos tiempos” eran cuando él todavía se consideraba uno de ellos. Como Krilin, como su maestro…hasta Piccoro se consideraba humano. Todo lo que vino después fue la perdida de su naturaleza y una burda sobredosis de poder. Ozaru, Saiyan de la leyenda. Super Saiyan 1,2,3,4. Ridículo. Echaba de menos la manera honesta de fortalecer el cuerpo y espíritu. Nada como repartir leche en largas caminatas, cargar como un tonto  un caparazón de tortuga, arar la tierra con las manos. Eso era entrenamiento. Daba algo más que no atinaba a definir. Después sólo fueron técnicas, transformaciones y artefactos patéticos para obtener poder. Gritar Kaioh Ken 1,2,3,20, 30… Salas donde en un día se entrenaba un año completo. Planetas con mayor gravedad. Cambiar el color del cabello. Bailes para que dos peleadores fueran uno sinérgicamente poderoso, aretes mágicos con el mismo fin. Todo era desarrollar fuerza efímera, la esencia nunca cambiaba.

Por eso admiraba a Krilin o al maestro. Eran simples. No superdotados. No eran de la raza guerrera por antonomasia. No tenían la habilidad de volverse terriblemente fuertes con recuperarse  de sus heridas. No se transformaban en criaturas cada vez más absurdas. Algo bueno había llegado con la reducción considerable de sus fuerzas con el paso de los años. Podía pasar como un simple humano. Terminar con los invasores le había drenado la mayor parte de sus energías. Exiliado de las batallas, se encontraba a gusto en su papel del nuevo ermitaño de Kame House recordando los viejos tiempos.

Después de almorzar se acostó un momento en la hamaca para hojear una de las revistas del viejo, era toda la literatura con la que contaba, hasta que se dio cuenta que una nave se acercaba a la isla. Cuando aterrizó  pudo leer “Capsule Corp” en uno de los costados de la misma. No pudo más que quedársele viendo fijamente a la visitante. No atinaba a reconocerla. “No sabía que usted estaba aquí” dijo la recién llegada. “Me da gusto verlo”. Por fin se dio cuenta de quién se trataba: Videl, la esposa de Gohan.

Ella le platicó que regresó a la Tierra porque había lugares que quería visitar de nuevo. Quería recordar. “Los viejos tiempos”  fue la frase que usó. “No son los mismos”. Videl le preguntó que quería decir con eso. “No me hagas caso”. Le contó que se estaba quedando en una colonia de supervivientes en lo que antes había sido Satan City. Apenas si llegaban a cincuenta personas, pero se podía vivir bien. Él estaba contento de escucharla, hacía tanto que no platicaba con nadie. Sólo sentía el sonido de las palabras sin preocuparse por lo que intentaban comunicar. Percibía apenas ecos de los significados “Labores de reconstrucción”, “Búsqueda de alimentos”, “Sólo uno de los bebés sobrevivió”, “He estado practicando”.

Asentía con la cabeza de vez en vez. Era todo su trabajo. No tenía mucho que contar. De repente se encontró poniendo atención. La escuchó llorar. “Extraño a Gohan y a mi hija”. Videl lo abrazó fuertemente. Se separó después de un par de minutos pero siguió llorando durante casi media hora, hasta que se quedó dormida. Al mirarla en ese estado un fuerte estremecimiento recorrió su espalda. Hacia mucho que no estaba con una mujer, mucho menos con una tan bella. Algo le hizo apretar los dientes y se fue a dormir. O por lo menos ese era el plan porque sólo dio vueltas en la cama. Demasiado difícil para él saber lo que pasaba. Nunca había sido bueno en el control de sus emociones. Y ahí se había aparecido el deseo. Con su esposa recordaba algo que era más bien como un deber, algo que hacía sin cuestionamientos.

En los pocos momentos en los que pudo dormir, soñó con ella, estar a un lado de ella, besarla, morderla, restregarse a su cuerpo, entrar y escucharla gemir. “Malditas revistas del maestro” pensó al despertar una y otra vez. Después de bañarse se dio cuenta de que Videl no estaba en la casa. Salió a la playa y comenzó a sentir un escalofrío al verla de espaldas, con las piernas enterradas en la arena, las manos juntas hacia un costado y un incipiente destello de luz que salía de ellas. No podía dar cabida a lo que estaba viendo. Ella gritó y la energía acumulada en sus palmas fue a dar contra el mar.

Nunca se había sentido tan fascinado. Sólo había algo que hacer. Se acercó  como poseído con una tensión en su cuerpo como para destruir planetas con solo tocarlos. Sus ojos estaban fijos en la silueta que emergía de la arena. Videl volteo y quedó extrañada con la manera de actuar de él.

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