Pepe el toro es inocente

Inexactitudes entre una Vampiresa y un Serial Killer

LADO A

Lorena, Lorena, Lorena

Rewind

-1: Disconnection Notice

o: Quiero Ver

—01—

Directly From My Heart To You

¿Mencioné ya que Tony tiene una moto? A pesar del tiempo que llevo mimetizada en el mundo de los hombres existen muchas cosas que aún no he hecho. Me vienen a la cabeza dos: sexo oral a una mujer en menstruación y hasta hace un par de meses, andar en moto. Hay cosas que nadie debería negarse si tiene la posibilidad al alcance. No querría desaparecer -ignoro cómo podría pasar eso, pero sé o más bien intuyo que es posible- sin llevar conmigo la clara memoria de montar una de estas cosas, aunque sea abrazada a su cintura.

Es como montar un Wendigo. Hace tanto que mataron al último. La sensación de que el mundo se convulsiona ante tus ojos, diluyéndose en el viento mientras la luz de la tarde te da en la cara y el tiempo escapa dando tumbos y vueltas en uno de esos encabronadísimos malos viajes en espiral, dios santísimo, cada segundo escurriéndose en una vaivén enfermo, jalando de tus piernas hacia un vacío que da vueltas como las aspas de una gigantesca licuadora, cada segunda como una avispa que vas dejando atrás; tienes la sospecha tan lejana de que en alguna parte el mundo sigue siendo sencillo y las cosas andan lentas y tú aquí, disparada hacia la nada.

Me gusta imaginar cosas en el transcurso de una cosa a otra. Vamos, no me digas que no eres capaz de reconocer esos instantes de transición entre una cosa importante y otra. O quizá no. Quizá no tienes ni la más pitera idea de lo que te estoy hablando porque nunca has puesto tu mente en neutral y observado con claridad los goznes, los espacios vacíos de una plataforma a otra. Es similar a andar en un tren, un sutil crujido cada que un tramo de vía se empalma con otra y la rueda debe saltar para seguir el camino.

Este debe ser un dato importante para ti escritor, la historia comienza donde acaba, o más o menos. Conocí a Tony por un motivo estúpido y bien, prácticamente esta historia que elegiste es un tanto así: tontita y superficial. No me gustan las cosas que van y se complican con escorbutos existenciales, canicas dramáticas o -lo peor de todo- lindos carruseles de moralejas y moralidades. Tuve un tiempo, cuando aún trataba de ser una mujer de tiempo completo, en que aquello me fascinaba y luego, hey, seguro conoces la ley del péndulo.

Sea dicho de paso, no hay nada mejor que comenzar un camino largo y enervante por una completa estupidez, hace que te preguntes todo el tiempo si lo que estás haciendo en realidad es necesario, justo como en la vida real. Como hace un rato, cuando estaba en aquella estación de metro y percibí ese olor del que les he hablado ya. Me niego a hablar de aquello, es un espacio vacío entre una y otra cosa importante, un ligero crujido en el tramo: el viento trayendo al no nacido en una nota pestilente, la renuncia carmesí filtrándose en el aire cuajado del subterráneo, deslizándose como una sierpe devora-tiempo desde las manos de un tipo cuyo nombre nunca averigüé. Seguir a distancia la música, como un niño detrás de un violinista loco, con la mirada extraviada en las entrañas antropoides del vagón, por la ciudad, hasta el departamentucho para estudiantes; mirar su ventana desde la azotea opuesta, esperar que la luz se venga abajo y su respiración se alargue con tranquilidad antes de entrometer la mano bajo sus cobijas y hundirle la uña del pulgar más arriba del hueso del tobillo, separar la carne hasta la profundidad correcta, deslizar la uña lentamente, hasta la entrepierna y ahí empujar la otra mano por el vientre, sujetar los polos mientras los órganos ceden a la caricia de mi derecha; seguir los espasmos, el ritmo nervioso, sanguíneo y linfático tambalearse, todo una membrana sin resistencia al cuerpo extraño, dejándolo entrar, más adentro, más, mientras el rostro abre la mandíbula y los pulmones se desvencijan en un angustioso silbido escamado, ronco. La presa dormida es preciosa, sé que es una parafilia, sé que esto tiene un nombre pero nunca he querido averiguarlo. Dominarle mientras duerme, como un bebé, vaciarlo, ir desprendiendo la cabeza como un trofeo; dejar que sienta como abandona este mundo en un sueño húmedo que le despedazó. Mantenerlo vivo mientras la uretra vacía un líquido cristalino, torcer entonces, como una gallina. Lo volvería a hacer. Una y mil veces.

Aunque él siguiera sin ser el propietario del aroma, por el puro gusto de ver sus ojos abiertos en el último instante. Sí.

Hacía mucho que no, con tanto entusiasmo. Dejé la cama hecha un batido de miembros. No los como, ni siquiera soy realmente hematófaga. Encontré la mitad de un whisky barato abajo de la cama. Bebí de la botella mientras buscaba en su pequeño closet, las pocas pertenencias que el tipo tenía, encontré lo que buscaba. Sin metáforas, eran unos calzones con tiritas delgadas a la cadera. De ahí el nombre, bordado en azul con una brillantina en el medio de la última A. Repetí el nombre como a menudo lo repito para mí. Comencé con eso, un nombre y un estado. Lorena y un par de cartas escritas por ella, de niña boba, fechadas en alguna fecha, situadas en Aguascalientes.

Fue por eso.

Fui a buscar a Lorena a un estadito provinciano y pedorro porque encontré unos calzones con ese nombre y un par de cartitas pendejas escritas con tinta morada de gel y corazoncitos en las íes. ¿Qué mejor motivo que ese? Qué jodidos iba a saber de una feria de San Marcos, más lo que se sabe en todas partes. Qué jodidos iba a saber de que la influenza cancelaría el divertido evento con apenas una semana de haber iniciado. Qué jodidos iba a saber de Tony, de que algo como ese imbécil de Tony fuera posible en este mundo.

Llevaba el aroma también. Por motivos muy distintos a los míos, supongo. Fue por eso que nos encontramos a la mitad de la calle Nieto (La calle Nieto, carajo, de qué forma tan curiosa se me quedan algunos nombres y otros nunca), yo al percibir el aroma de Lorena, él por agarrarse a madrazos con unos cholos y luego con policías y luego con cholos y policías. Tenía la esperanza de que pudiera hablarme del paradero de esta mujer, pero sabía tan poco o menos que yo de ella. Él la había estado buscando para matarla, yo la busco para comermela, literalmente. O quizás yo también, sólo quiero matarla.

Cómo sea, seducí dos polis para llevarme a Tony. No tenía idea de que se deschavetara tan gacho como ahora sé que le pasa. Tiene este gran problema de nunca saber en qué anda realmente y en otros momentos hilar una serie de eventos con una lucidez tan evidente que da miedo. Me da la impresión de que tiene dos personalidades, pero eso es sólo una impresión mía y no tengo nada que lo pruebe, ni un cambio de voz ni un cambio de actitud. Tan sólo que a veces toma la ruta correcta sin que la cosa sea tan clara.

Como ahora, que ya casi llegamos a la base de operaciones de Boxesp, debajo del Monte de Los Cocuyos. Habrá soldados, del cuarto regimiento de artillería móvil, un chingo de soldados y un chingo de batas blancas gritando las chingaderas en noruego y sueco que gritan siempre cuando te metes a su base de operaciones secretas a masacrarlos a todos, sin ningún otro motivo que te justifique que los calzones de una vieja que nunca has visto. Nos dispararán. Podré ver a Tony de nuevo, con la luz del día y sabré exactamente qué clase de criatura es. O quizá no. Quizá simplemente aproveche la ocasión para matarle y no tener qué decirle qué clase de criatura soy.

Todo depende. Se supone que Lorena está allá. Se supone que el protocolo Pepe el Toro, lo que sea que eso signifique, está allá. Se supone que hay demasiadas cosas allá. Eso explica el retén, casi a las faldas del monte. Ya nos vieron. Deben estar pendejos si creen que a esta distancia nos pueden, oh, nos dieron. Ya le han disparado antes, Tony es capaz de aguantar muchas cosas sin desmayarse, malas vibras, malas vibras, malas vibras, Lorena, Lorena, Lorena-Lorena-Lorena-Lo/plz w_

H-Now:

No son tan duros si no tienen a qué apuntar. Pensé que le habían dado a Tony. Le dieron a la llanta delantera. Por eso hemos volado. No pasa nada. Tony me preocupaba pero se ha acomodado la pierna él solo. No tengo idea, pero supongo que alguien le enseñó a controlar o manejar sus músculos y esqueletos para hacer eso. Sin uniforme. Algo similar a una guardia clandestina aunque sería chistoso verlos explicarse bloqueando una carretera armados hasta los dientes. Me gusta hacer esto. Ponerme al margen y mirar a Tony bailando, ver cómo cae entre cuatro pares de pies moliéndole la espalda, ver que los hombres prefieren reventarlo a mano limpia en vez de usar alguna de sus armas aunque estoy segura que les pagan por hacer esto.

Una verdad en el mundo: todo el mundo quiere reventar a puñetazos al güerito con gafas oscuras. A veces tengo la impresión de que las cosas son así desde Bruce Willis, pero quizá el instinto venga de mucho más atrás. Estas son la clase de cosas que me sorprenden: ¿cómo le arrancó la mano al que va corriendo allá? ¿En qué momento mordió en la nariz a éste? ¿En qué momento comenzó a cantar doña blanca, está cubierta, de pilares de oro y plata, mientras dispara casi al azar una cuerno de chivo?

En fin, dos han huido. Cuando Tony acaba de sobrevivir de una situación en el que esperaba verlo morir, siempre me mira del mismo modo, como con odio o vergüenza. No estoy segura de si quiere un abrazo o quiere dispararme. No me gusta abrazarlo. Sólo lo he dejado un par de veces. Me ha extendido el rifle. Sabe que yo nunca he usado un arma en mi vida y aún, cuando se ha quedado con alguna arma de fuego siempre me la extiende desde aquella vez de los policías.

El jeep funciona. No había motivos para que no encendiera. Es sólo que, bueno, a ratos todo esto me parece demasiado extraño. Hasta qué punto vamos a llegar dos idiotas con un mal motivo para estar aquí, entre hombres de negro gordos, bigotones y con corbata roja de mal gusto, soldados, mercenarios y una de esas corporaciones tan malvadas, viejas y poderosas que parecen dirigir al mundo entero. Más aún ¿dónde jodidos está Lorena?

El tramo se vuelve regular. Es pavimento nuevo, de ese que hace que las llantas de los carros silben de forma desagradable. Son los árboles flanqueando el camino, con la luz del día extinguiéndose lentamente por entre su follaje, como si del otro lado hubiera una casa que el fuego nunca termina de consumir. Ha sido un camino largo, como para dar un par de pasos atrás y ocuparse en otra cosa. Allá en el fondo se abre una de esas puertas que parecen estar diseñadas para resistir una explosión atómica. Dos camiones con lona verde.

Son muchos.

A Tony se le ocurre encender sus cigarros apestosos en los mejores momentos, como por ejemplo cuando estamos a punto de intentar pasar lo que parece un batallón completo de soldados cerrándonos el paso a una puerta anti-bombas. Eso es pendejo, fuma, en cualquier momento te abrirán un boquete en donde tienes los dientes y las cenizas del cigarro te caerán en la camisa. Me ha quitado el rifle. Están disparando ahora. Si no pudiera eludir las balas esto me pondría nerviosa. Se ha quedado mirando al frente mientras su mano busca algo en el asiento de atrás.

Ya entiendo. Lo vi en una película. La va a lanzar al aire, va a saltar fuera del jeep, rodará por el pavimento y esperará a que el jeep se estrelle contra uno de los camiones para atinarle a la granada cuando vaya cayendo a la altura de todos los pobres mortales que puedan ser alcanzados por la explosión. Eso claro, si no calculamos al tipo de la bazooka.

El impacto sobre el cofre.

El salto del vehículo.

El olor a quemado.

Quemado todo.

Pinches explosiones.

Supongo que de cualquier modo no podía esperar que las cosas fueran sencillas. Me repugna sentir lástima por lo que sea, sobre todo por los moribundos. Nunca dejo a nadie medio vivo o agonizando. Prefiero que su vida se quede en mis manos, que su vida desaparezca en mis manos antes de observarlos clamar, arrastrarse. Eso me vuelve loca. Cuando terminé de leer las cartas de Lorena me guardé una de ellas, la otra la rompí por la mitad y la introduje dentro de la boca del tipo muerto. Me di un baño, enjuagué la ropa que tenía en el lavabo, vacié lo que quedaba de whisky sobre las cobijas y les prendí fuego con un zippo que encontré dentro de su morral tejido, ahí también encontré un par de cigarrillos medio aplastados. Una de esas cajetillas que han desaparecido y se quedan en el fondo por mucho tiempo, por demasiado tiempo.

Anduve un rato por la ciudad, aquella noche comenzó a llover y yo no había visto ninguna nube en el cielo y además, qué importaba, la ropa me pesaba ya de todas formas. Tardé todavía un rato en decidir si ir o no detrás de Lorena. En cierta forma esa es la ventaja de tener relaciones humanas, labores, temores; funcionan como anclas que te vuelven el yugo diario más cómodo, más adecuado. Me parece que es posible acostumbrarse a muchos tipos de vida. A la mía por ejemplo, a la que había llevado. Ser menos notable que los típicos espectros de niños imantados a contenedores de basura como si fuesen sus verdaderas tumbas, mirando con sus ojos opacos, inmóviles como estatuas.

Incluso mi tipo de vida era cómoda. Vagar, vivir de los desperdicios, tomar lo que necesitaba cuando se me antojase, no pretender ser más, sino sólo haber encontrado el incómodo hueco a dónde nadie suele mirar nunca cuando anda por la calle -lo hice observando a los bichos que subsisten en la ciudad, las palomas, los gatos, las ratas-. Dejar todo eso y lanzarme a buscar a una mujer sólo por que la deseaba.

Desear, hacerlo de verdad, es un impulso muy engañoso. Se desvanece enseguida desvías tus pasos hacia la central norte, matas a una muchacha de ropa bonita en la parte de atrás para quedarte con su dinero y comprar un boleto a Aguascalientes. Sobre todo, lo que me molestó de ese paso fue regresar al tiempo. El camión salía en la mañana, había llegado muy tarde o más bien muy temprano. El lugar no estaba vacío. La central nunca lo está, aunque todos los que se encuentren pasadas las dos de la mañana pretendan que así es, que está vacío y todo lo que tienen que hacer es esperar. Pues eso hice. Pensé muchas veces en si debía o no ir detrás de Lorena.

Las cosas podían ser de otro modo, o no. A fin de cuentas, los cruces de camino se pueden definir así. O las cosas son inevitables o no suceden. Esto era inevitable. Me di cuenta. Por eso subí al camión.

1 comentario

Archivado bajo Crónicas de Siemprellueve

Una Respuesta a Pepe el toro es inocente

  1. Marius

    ¿La Wendigo es moto de pista o de chopper?
    ¿Sexo oral a una mujer menstruando vs “quisiera ser vampiro…”?
    ¿Cómo afectó la influenza a las criaturas infernales durante el segundo trimestre del año?
    ¿A qué agencia paramilitar pertenecen los protagonistas?, ¿o son freelance??
    ¿Qué gestos hace la vampira cuando dice “oh,nos dieron”?,¿sostiene un cigarro y le da una lenta fumada, para hacer donitas de humo mientras entorna los ojos y mira condescendientemente a Tony? ¿o sólo aprieta los labios y logra una desalentadora media sonrisa?

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