El abrazo

Martha revisó la contestadora. No esperaba ningún mensaje importante, era lo que hacía después de meterse en su casa y encontrar el sillón y la cama y la tele y la cocina y todas sus cosas como las había dejado en la mañana. Y el aparato a veces decía su nombre, con lo que se había ganado su lugar. Era una buena mascota.

La cuarentona se quitó las zapatillas de discreto tacón y se sentó en la orilla de la mesa central de su sala. La contestadora le reclamaba airosa por un reporte presupuestal que tuvo que haber entregado este viernes. Y advertía la urgencia de tenerlo listo el lunes a primera hora. Perro malo. Se desabotonó la blusa y se encaminó a su pieza.

Se bajó la cremallera trasera de la falda negra y escuchó a su tío Jaime, que la llamó Pandora. De niña la llamaba así por una novia de su juventud. El papá de Pandora era aviador de la fuerza aérea mexicana. Un día que la muchacha caminaba muy cerca de los hangares de reparación, una hélice la jaló por culpa de un mecánico distraído que probaba el motor. Dicen que su cabeza desapareció. El tío Jaime murió soltero.

La sentaba en sus piernas y le acariciaba los cabellos. Le decía que era igualita a Pandora, nomás que más chiquita. Sobre todo le decía que si fuera más grande se la llevaría de paseo todos los días y seguro se casaba con ella. Cuando Martha fue más grande, su tío Jaime estaba muerto.

En el espejo miró sus tetas envueltas en el sostén negro, que por mucha varilla y mucho esfuerzo, jamás se quedaban en su sitio. Sus ojos endebles siguieron las piernas pálidas, dos caminos de leche cuajada, hasta las nalgas rebanadas y la panza flácida que por mucho sumirse no dejaba de colgar mostrando un ombligo arrepentido.

Adentro del  baño de mosaicos verdes, dejó sus calzones y el bra sobre la tapa del retrete. Se enjuagó el sudor del día y se enjabonó; las estelas de espuma le hicieron cosquillas detrás de las rodillas y arriba de los tobillos. Y lloró un rato, porque sí.

Se secó con una toalla blanca, prestando atención autómata a los detalles. De regreso en el cuarto se tumbó boca abajo sobre la cocha afelpada. Estiró las manos, abrazó el colchón y sumergió la cara en el mar de pelitos que se le metieron en las narices. Se quedó así unos minutos, muerta. Después levantó una de las orillas de la cobija y se enrolló como taco. Alcanzó la lámpara del buró y apagó la luz.

Ojos abiertos. Su cuarto inmóvil. Escuchó el aleteo de una palomilla. No escuchó de nuevo. Ojos cerrados. El aleteo de nuevo. Ojos abiertos. Se sentó y encendió la luz. La bola negra de pelos mojados que chocaba contra el rincón superior del cuarto le recordó primero un murciélago y, a un paso de estar segura, entendió que estaba muy gordo para ser vampiro.

Al moverse, se le salió un pedacito insignificante de voz. Y la bola arriba dejó de chocar al escucharlo. Giró muy despacio. Reconoció la forma de la cabeza, el cabello negro colgando debajo, el muñón cicatrizado debajo de la barbilla. Por debajo de las orejas le nacían un par de alas de metal despintadas. Su solitario ojo malmetido en la cuenca arruinada la miró de lleno. Se acercó un poco con aleteos rápidos de colibrí. Le habló.

—¿Y tú qué haces aquí?

—Esta es mi casa.

—¿Tu casa? Sí, claro que es tu casa.

La cabeza miró por la ventana abierta y aleteó hasta la cama. Después descendió con suave cuidado a los pies de Martha. Echó un vistazo morboso a los pechos desnudos de su anfitriona y arqueó su ceja mientras las alitas se posaban en los costados de su cara haciéndola parecer un poco al dibujo de un perro orejón.

—¿Cómo te llamas?

—Martha.

—¿Y porqué no tienes ropa Martha, esperas a alguien?

—No, no. Así me duermo los fines de semana. Es una costumbre.

Ahora levantó ambas cejas en una señal de sorpresa, chasqueó los labios y se disculpó asintiendo al notar la imprudencia de la pregunta.

—Y, Martha.

—¿Qué?

—¿Porqué no te asustas?

—Sí. Sí estoy.

El ojo la miró con sospecha y curiosidad. Para ese momento Martha se había cubierto hasta el cuello con la cobija. Pero no parecía al borde de un colapso o si quiera con ganas de dar un par de gritos. Tenía miedo, eso sí. Se le notaba en las manos, muy apretadas, y en la inmovilidad.

—Qué curioso. No fue mi intención aparecerme aquí hoy, pero he pasado décadas imaginando cómo sería cuando un mortal tuviera que verme. He tenido mucho tiempo para pensarlo. Y la verdad es que de todas las posibilidades, nunca se me ocurrió ésta.

—Es que así soy cuando me asusto. No puedo controlarlo.

—Me decepciona un poco. No creas que no sé cómo me veo. Pero me da gusto, por otro lado. No me he presentado, yo me llamo…

—Pandora.

—¿Me conoces? ¿Te conozco?

—Sí. No. Es que cuando era niña tenía un tío que decía que me parecía a ti. Era tu novio. Después de tu accidente ya nunca tuvo otra novia.

-¿Jaime? ¿Eres sobrina de Jaime? ¿No estás muy grande para ser su sobrina? Ah, claro, perdón. El tiempo. Entonces como si fuera tu tía Martha. Y dime, ¿cómo está Jaime?

—Muerto.

—No juegues, ¿en serio está muerto? ¿Cuándo fue?

—Hace como quince años. Fue por una congestión alcohólica. Siempre estaba borracho. Como vivía sólo lo encontraron muerto hasta la semana de que falleció.

-Qué tristeza. Nunca me di por enterada. No lo he vuelto a ver, ¿dónde estará?

Martha no le respondió. Vio como las alas de metal se torcieron hasta apenas acariciarle las mejillas a su dueña. Reconocía el gesto, ya lo había visto muchas veces. El ojo enrojeció y una lágrima de aceite le brotó de las orillas semejando un rimel espeso. Una de las alas trató de enjugarla sin lograr alcanzarla.

—Después de que uno muere da por hecho que las personas que dejó siguen con sus vidas. Y también se mueren, también se mueren con el tiempo. Pero a veces, a veces aunque estén muertos ya no vienen a buscarte aunque se imaginen que tu andas por ahí sola y…

—Ya, ya.

Martha tomó la cabeza entre sus manos y se la llevó hasta el pecho, abrazándola. Y le acarició los cabellos con la punta de los dedos.

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2 Respuestas a El abrazo

  1. ¡Genial! Siempre me gustan tus textos…

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