Inexactitudes entre una Vampiresa y un Serial Killer
LADO A
Lorena, Lorena, Lorena
Rewind
—0—
Tony y yo llegamos a este bar hace media hora. Había escuchado que por aquí nunca llovía y llovió. Corrimos entre risas y resbalones, a veces somos muy idiotas, pero creo que eso está bien. Nos pareció un tugurio de mala muerte y fue por eso que entramos. No lo era. Tony pidió un whisky para él de todas formas y yo una cerveza. Él me dijo que nunca había bebido whisky y le sonreí porque eso deseaba que hiciera.
A veces desea divertirme mucho y yo todavía no estoy segura de si eso me gusta o no.
Su alma es éste aroma arrogante de comercial-baratija: chamarra de cuero, cabellos largos, barba rubia y gruesa sobre un mentón partido; lentes oscuros. ¿Qué puedo decir? me vuelve curiosa un poco, creo que ningún hombre puede ser así realmente. Ayer camino a Shering, en un paradero en donde desayunamos nescafé tibio y huevos estrellados, me estuvo mirando en silencio por casi dos horas, muy serio. Por fin preguntó si estaba en mis días.
Es un pendejo. Lo olvido a ratos pero siempre está obligándome a verlo. Un completo pendejo. La clase de pendejo suficiente insensible como para no atender nunca a nadie más que sí mismo y suficiente aprehensivo como para joder a cualquier pobre diablo que se quede cerca, yo por ejemplo. Y soy paciente, siempre digo: “shalalá, al menos morirás un día”; eso me sirve para no clavarme, pero Tony… voy a terminar matándolo, creo.
El bar no está mal, clientela pintoresca. En el rincón hay un sombrerudo vestido de lentejuelas, apretando distraído un acordeón. En la mesa contigua a la nuestra hay un anciano leyendo un periódico de hace veinte años que en diez minutos ha chasqueado dos veces los labios como a punto de decir algo. En uno de los bancos de la barra hay un tipo con zapatos de buena marca, envuelto en un impermeable amarillo y a su lado un anciano de plática y gases insoportables que tengo ganas de reventar por en medio.
El barman es un soltero de lentes, barba a candado, cabello largo, lacio y atado en la nuca. Hace como que limpia un vaso con una garra sucia de color rojo y hace como que escucha al anciano también, aunque al parecer conoce tanto el anecdotario del señor pedorro que se dedica únicamente a hacer acotaciones dirigidas al tipo del impermeable. Fuera de lo esperado, el tipo del impermeable no se ríe. Desliza un dedo de su mano sobre su cerveza bohemia. No lo he visto darle un trago desde que entramos y sé que es un asesino.
Supe de Lorena hace un mes y medio, esperando en la estación del metro. Como de costumbre, no estaba haciendo nada. Cuándo se tiene tanto tiempo para pensar y estar, tarde o temprano renuncias a fingir ser parte de las ciudades o de algo. Quizá si el metro hubiera arribado, simplemente no me hubiera subido y hubiera permanecido ahí, inmóvil, recargada en una de las columnas, sintiendo el mosaico sucio de sudores y prisas, escuchando mi iPod.
A veces me pregunto si alguien notó algo en mi, alguna vez, lo que sea. Tenía una década viviendo en el DF y no había suspirado. No extraño hacerlo. Supongo que con tantos darketos por aquí, mi apariencia no debe sorprender a nadie. Ni mis ojos ¿Qué que cambien de color solos? ¿Y cuándo alcanzan tonos extraños, rosas, naranjas? La gente piensa: ahí va otra chica confundida que ha gastado su quincena de cajera en unos lentes de contacto ridículos.
Nunca se han vuelto negros. Lo sé porque antes de venir al DF, intenté llevar una vida de provincia por tres años, en León. Antes de comprar los papeles falsos necesarios para matricularme en la universidad y rodearme de amigos y un novio que tuve que terminar matando, estuve mirando mis ojos en un espejo. Cambian de color cada cuarenta y cinco minutos treinta y dos segundos. A veces, treinta y tres.
Respecto a vivir como una estudiante de psicología en León, fue un pecado voluntario, cúlpeseme de los crímenes y las muertes consecuentes. Quise hacerlo, como hago cualquier cosa que se me ocurre desde 1922. Me dije, tras matar a una muchachita estudiante de psicología en Querétaro que se llamaba Lola: Quiero ser una estudiante de psicología que se llame Lola, en… (el primer nombre de ciudad mexicana que se me ocurrió) León.
Alguien debería escribir un manual para vampiros y en el manual certificar: Manténgase lejos de los humanos, no establezca relaciones de pertenencia o cotidianidad con nadie; los hombres se vuelven curiosos, terminan haciendo preguntas y usted sabe que cuando llegua esa pregunta, tendrá que destruir la mentira que ha construido a su alrededor y eso, duele.
El truco es simple: No respondas a nadie, no vivas en ningún lugar, cuando necesites algo nunca vuelvas a donde lo encontraste antes. Si alguien te mira enamorado mátalo, si alguien te reconoce mátalo, si alguien te roza mátalo, si alguien te confunde con alguien más, si alguien te pregunta la hora, así es, mátalo. Mis ojos se volverán negros un día, ese día dejarán de cambiar. Porque originalmente eran negros, creo.
Marrón oscuro quizá, pero yo los veía negros, porque nunca me apunté directamente una luz, en medio de la oscuridad, mientras me miraba en un espejo.
Pero, ¿estaba contando algo antes verdad? Estaba esperando el metro aunque no pretendía subirme y aún no sabía nada ni de Tony, ni de una feria en Aguascalientes, ni de este tipo que cree que puede escribirme. Una de las fuerzas de mi existencia es mi olfato. Claro que he leído El Perfume y hasta fui a ver la película. Y si soy bien puta me parezco a las nenas de Drácula y si las estatuas enmohecidas de algún panteón me conmueven me parezco a Louis, ya sé; qué más quisiera que ser bien auténtica y diferente pero mi existencia se parece un poco a la que retratan en algunos libros y algunas películas. En fin.
Fue aquél aroma el que me hizo ponerme alerta, buscar con la vista, buscar y buscar porque era delicioso, azucarado y muy vulgar; la clase de olor que me ha gustado siempre y que no permite que pueda sentir remordimientos humanos. Era el resultado de combinar algunas sustancias que hace mucho que las mujeres ya no consumen. Cuando me comí a Lola fue un poco por el mismo motivo y es que no hay nada que me excite, que me ponga tan loca que esa específica codificación menstrual.
En aquél momento no atisbaba la posibilidad de terminar hurgando un estadito madre del concepto ‘provincia’, tan sin chiste como descubrí que puede llegar a serlo Aguascalientes, en busca de una mujer que al parecer todo el mundo extraña. En aquél momento lo que menos esperaba era que iba a terminar con este patán que a veces por las noches trata de violarme o matarme sin terciar ninguna explicación y mucho menos que iba a terminar mentalmente maniatada a un cabronzuelo que puede escucharme e intenta organizar mis pensamientos, aunque yo no necesite que los organice.
Y es que si uno supiera que un acto tan simple como abandonar la inmovilidad, para ir detrás de una peste a menstruación, que yo no me explico como todo el mundo respira sin inmutarse, puede provocar consecuencias tan a largo plazo, tan aburridas o pendejas como lo son el mismísimo hombre que miro en silencio en este bar… pues igual uno lo haría de todas formas. El morbo, no existe un catalizador de catástrofes más grande en el universo.

