Inexactitudes entre una Vampiresa y un Serial Killer
LADO A
Lorena, Lorena, Lorena
-1 (Disconnection Notice)
Antes de dejar Aguascalientes, tuve un sueño. Se supone que se sueña siempre que se duerme, aunque no se recuerde qué fue lo que se soñó. Yo tengo tiempo sin recordar los míos, pero éste lo recuerdo muy bien, incluso ahora que ha pasado tiempo después de que lo he soñado. Ahora, el problema de contar un sueño o de cuando te cuentan un sueño, es que nunca puedes estar tan segura de si lo que estas o te están contando es lo que soñaron o soñaste o lo que crees o creen haber soñado.
Los sueños son en realidad nada. Un chasquido en el que el cerebro florece como un magneto al que le cae un rayo. No tienen tiempo, ni linealidad, ni lógica, son una especie de fractura; ni siquiera son nada, no son. Se vuelven algo al despertar. Despiertas y vas a preparar café a la cocina y encuentras una caja de zapatos sobre la mesa. Sabes que esa caja de zapatos no es tuya y que no la dejaste ahí.
Para empezar, nunca antes la habías visto, y de hecho, ni siquiera es una caja de zapatos, sólo aparenta serlo. Podría ser también un gato. O una bufanda. O una papita frita. El punto es que llegó mientras dormías y ahora, es un inquilino al que le tienes que encontrar una forma, la forma de algo o de alguna cosa.
Y dices: tuve un sueño, fue muy extraño -no estamos en realidad levantándole la tapa a esa caja de zapatos, sino que estamos a punto de darle su forma definitiva-: estaba en x, haciendo y, y entonces pasó c y luego, d ¿acaso no es extraño? ¡d!, es decir ¿cuándo podrías imaginarte que d?
Recurriste a lo que sabes del mundo y de ti para darle a ese sueño lo que de hecho no tenía: tiempo, lugar, nombre, linealidad, forma, sustancia, a veces incluso un sentido, si te agarran con un humor esotérico, ¿estamos entonces contando nuestro sueño o nos estamos inventando todo para que coincida con la cuadratura de nuestro mundo?
¿Es nuestro sueño, o nuestra necesidad inmortal de darle un significado, un sentido a todo lo que se nos aparece? Cómo quiera que sea, aunque la caja de zapatos/gato/bufanda/papita frita, acepte lo que nosotros entendamos de ella y se amolde cómodamente a nuestra explicación de él, él, y yo y tú, sabemos que en realidad es sólo una máscara: hemos capturado un extraterrestre y lo hemos maquillado para que nos resulte menos ofensivo.
Estaba en un cuarto, no muy grande y no muy raro; un cuarto como el que estoy segura que hay en millones de casas: paredes blancas, cuatro, un techo, un foco en medio, una ventana y una puerta. En la ventana cortinas rojas y gruesas. En el cuarto muebles: un ropero, un librero y a su lado un montón de cajas apiladas una encima de la otra, un minibar y una computadora gris y, frente a ella, un hombre tecleando inmóvil.
Podía sentirse el rumor de un río mecánico, un tren, que venía desde la ventana.
El hombre, en camisa de esas que se llevan debajo de todo, pantalón de mezclilla y huaraches de plástico. Bebía café y fumaba ¿Porqué los escritores insisten en beber café y fumar? Me acerqué a leer en el monitor de la computadora. En la ventana de Word, la hoja blanca capturaba cientos de veces una sola palabra: mi nombre.
La computadora reproducía a través de dos pequeñas y mugrosas bocinas laterales, Disconnection Notice, de Sonic Youth. El hombre se detuvo y me miró: «Fui a la feria hace dos semanas, a tomar a la calle Nieto. Cuando regresé y me quedé dormido, soñé con tu nombre.» Me dijo, aplastando el cigarrillo sobre el cenicero.
«¿Se lo dirás a alguien?» Le pregunté. «Tú ya no estás aquí», respondió encendiendo un nuevo cigarro con un encendedor blanco, «te has ido con Tony, detrás de Lorena y aquí ya estamos en mayo, la Feria de San Marcos se va a terminar… no voy a decírselo a nadie, pero todo lo demás sí», «date gusto, pero no esperes que nadie te felicite», le respondí, y entonces desperté.
Hoy estoy en este bar de Shering y me acordé de ese sueño. Sé que hay una relación entre ese sueño y lo que he estado haciendo antes de llegar aquí. Imagino que en efecto, el tipo que conoce mi nombre, está en algún lugar de Aguascalientes atrapando o, intentando atrapar mis pensamientos en un continuo de palabras, dándoles forma y escuchando el rumor del tren que le llega desde la ventana.
¿Cuántas cuartillas va a gastar lo que a mi me ha tomado un solo instante de pensamiento? Lo veo intentando resolver una madeja de estambre, como un gato con las zarpas atrapadas entre los hilos. Pobre, pero él se lo buscó. Escribir es un afán estúpido. Ojala no tienda a la censura y omita las cosas que le molestan. Cuándo escribes, tipo, tratas de capturarme, muy bien y… ¿cómo le vas a hacer cuando mis pensamientos no quieran contarte nada? ¿Cuando me canse de traerte a rastras, aquí, detrás de los párpados?
Te quedarás callado y pondrás un punto. Eso harás.
Y permíteme adelantártelo, no te daré un buen final.
Yo no voy a ninguna parte.
No voy a ninguna parte desde hace doscientos cuarenta y tres años.
Porque no hay ninguna parte a donde ir, por eso, te lo aseguro. Antes yo también, creía cómo tú, que existir se explica desde el inicio y la finalización de un ciclo eterno. Suena bonito, pero es una mentira. He cruzado los mares mirando mi muerte lejana sobre las aguas y en todo el mundo y todos los tiempos siempre es la misma cosa: un montón de almas envueltas en carne, buscándole los goznes a las puertas, con la cabeza llena de preguntas y lanzando gritos al cielo cuando las cosas van mal.
No hay verdades. No hay destinos. Tú y yo, y todos los que lean, y los que no, son lo mismo.
¿A dónde vas con tu acartonada armadura, caballero?
¿Vas a cazar molinos, para ofrendarlos a Apolo?
¿Desfacerás entuertos y te recordarán por siempre?
¿Volverás tu vida digna de Sherezada?
¿Cantará la musa, bate?
¿Lo intentarás al menos?
Lo intentarás. Es tan ridículo que estoy segura que lo intentarás. Inténtalo. Regálame un abismo, anda. Tráelo a rastras, en un charco de su propia sangre cómo a una ballena que has obligado a abandonar el mar para vender su piel y su aceite. Constrúyele un circuito lógico y freudiano, vuélvelo poético, encuéntrale la estética, añade con soldadura arquetipos y símbolos, tú y todos los inútiles de este mundo, no saben hacer otra cosa.
¿Quieres una historia, patán desalmado?
Me encontraste de humor, así que, ¿cómo es este juego de la obra literaria? ¡Claro!; yo lo lanzo y tú lo atrapas hasta que me aburras, ¿te parece si comenzamos?


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orales, no había tenido oportunidad de leer el contenido del blog hasta hoy, que chido texto, me cae que no hay palabras para expresar el gusto por este texto, saludos.
jajaja, Marius, debes de dejar de compartir la contraseña de tu cuenta con el mothman, es muy buen tipo pero a veces tengo dificultad en entender si ha leído algo o si se rasuró mal en la mañana, ya sabes, el indulto sutil de su ausencia de emociones o la totalidad de las mismas. Pobre chavo. ¿Podría, por otro lado, explicarme lo de la necesidad inmortal? Advierto una sutil influencia de los thundercats ahí, mumraniana, me atrevería a afirmar.
Alguien escribe un comentario. Un internet público como muchos otros (¿habrá internets personales?). Compús, cinco, sillas, cinco, un módem, un dueño. Un sujeto, una playera de un verde de un algodón . Un pantalón de una mezclilla de un negro (el pantalón era negro pues). Unos converse de un azul. Mascando un chicle. ¿Por qué los sujetos que escriben comentarios insisten en mascar chicle? Afuera el pasto crece y el ruido que provoca es ensordecedor. Un mosquito se planta en una sien de un tipo. Chupa-chupa-chupa. Lee una vez más el texto en pantalla. Letritas negras sobre un fondo blanco. En un blog. En algún momento tiene que dejar de escribir lo primero que ve. Changos. Bueno, ahí les va. ¡Antiguos espíritus del mal, transformen a este Sueño Decadente, en una Necesidad, Inmortal!